Ahora, la pelea interna por los pesos «sobrantes» de la AFIP


La alivio en la caja de AFIP genera presión interna para que Guzmán tome medidas de fomento al consumo y de colaboración social. El ministro teme por su plan

Martín Guzmán se ve venir el final de la vidriera de miel. Había una época en la que lo aplaudían en el Gobierno pero además en las reuniones con los empresarios. Era una situación poco habitual, que el ministro disfrutó mientras duró. De un costado, se apreciaba la capacidad del ministro por retornar a la paz financiera, mientras que el otro costado se celebraban las señales «ortodoxas», como su frase en prevención de un exceso de exhalación monetaria.

Pero esos días quedaron a espaldas. Hoy, en cambio, empieza a aceptar críticas de todos los costados: del costado patrón ven un decaída de la inflación -y la incorporación probabilidad de retornar a ser acusados de ser los causantes del problema-.; mientras que en el Gobierno -sobre todo en el ala kirchnerista- ven cierta timidez para avanzar con medidas que fogoneen el consumo, aprovechando la circunstancia de una alivio en la cobranza.

Algunos referentes del sector ya empezaron a referirse al tema sin medias tintas, como Juan Grabois, quien dijo que el ministro «es un fenómeno pero está equivocado» al poner excesivo foco en la cuestión fiscal y favor suspendido el IFE.

Obligado a caminar en esa cornisa estrecha, Guzmán envía mensajes. Por caso, cuando frente a el debate sobre la segunda ola de contagios de Covid lo entrevistaron en televisión, planteó tajante: «Hoy la economía no podría soportar un nuevo cierre total, una cuarentena estricta como la que se implementó en marzo de 2020».

«Estamos con capacidades distintas para lidiar con la situación pura de la salud», dijo el ministro.

Guzmán no es médico, por lo que su opinión no estaba fundada en si hay o no hay peligro de contagio en suministrar abierta una taller o un negocio. Lo que estaba en existencia explicando es que la capacidad de soportar una política «keynesiana» en la que se duplicó la cojín monetaria, se congelaron las tarifas públicas y se estableció un sistema asistencial que costó más de tres puntos del PBI no es poco que pueda ni siquiera considerarse. 

Y, en lo que respecta a la posibilidad de restricciones sanitarias, lo que quedó en claro es que la revisión al encarecimiento de la suba del PBI –que pasó del 5,5% a un 7% en el pronóstico oficial- está hecha sobre el supuesto de que tanto el comercio como la industria continuarán trabajando a full y sin restricciones.

Para reanimar su punto, el ministro suele destacar el referencia macroeconómico más positivo que tiene hoy para mostrar: el hecho de que la cobranza impositiva está creciendo en términos reales. No solamente en la comparación con la inflación, sino además con el nivel de desembolso.

Incluso los comunicados oficiales referidos al pasivo fiscal ponen vehemencia en que los gastos previstos van en cadena con una heredad en crecimiento, porque están asociados a la obra pública, lo cual implica decano actividad y por lo tanto decano ingreso de impuestos. En otras palabras, que es un pasivo «bueno» porque es reactivante y no uno puramente asistencial, coimo el que caracterizó al 2020.

Guzmán, preocupado por sostener el plan ante las presiones internas de un mayor gasto

Martín Guzmán, preocupado por sostener el plan frente a las presiones internas de un decano desembolso

El postrer reporte de la cobranza tributaria es facundo sobre la pelea que quiere dar Guzmán: es el séptimo mes consecutivo en el que el ingreso a las arcas de la AFIP crece en términos reales. Un 72% de suba nominativo contra una inflación del 41% es un referencia para celebrar.

Pero Guzmán sabe -y lo transmite sutilmente- que el futuro no está protegido, porque si correctamente nadie duda de que la cobranza seguirá en encarecimiento -sobre todo, por la comparación con meses de recesión profunda del 2020 en la que se había desplomado la recaudación- además es cierto que hay riesgos de que esa alivio se neutralice por el costado inflacionario.

Festejo con limitaciones

La propia comunicación oficial flama a no confundir el huella estadístico con una alivio vivo. Lo hace al cotejar la primera quincena de marzo 2020 -antes de la cuarentena- con la segunda.

Si se toma el referencia nada más de la primera, cuando la situación económica era más comparable a la presente, entonces la alivio en la cobranza tributaria ya no marca un impactante 22% de diferencia, sino una alivio mucho más modesta de 2,8%.

«La consolidación de esta tendencia por séptimo mes consecutivo es fundamental para fortalecer y darle previsibilidad a las finanzas públicas», afirma, dando a entender que no deben tomarse medidas que puedan alterar el plan fijado desde el ocupación de Economía.

Por otra parte, los datos de la cobranza impositiva además confirmaron algunas de las principales preocupaciones del Gobierno: sobre todo, que lo que está permitiendo la alivio son los enseres extraordinarios -y pasajeros- del prosperidad agrícola, mientras que los ligados al movimiento del mercado doméstico vienen a una velocidad más lenta.

El ingreso fiscal por retenciones a la exportación fue la destino, con una suba nominativo de 145%. Pero los economistas advierten que este es un característico componente estacional. Y que en el mejor de los casos mantendrá su huella hasta junio, si es que los precios internacionales siguen en los mismos niveles altos de hoy y no aparecen «cisnes negros» en el atmósfera -de hecho, corrió frío por la espalda de muchos funcionarios con la devaluación en Turquía que amenazó con un huella en cadena-.

Pero cuando se miran los números con lupa y se analiza no solamente su recuperación porcentual sino su comba, entonces la conclusión es que los sojadólares por sí solos no tienen la capacidad de sostener la cobranza.

De hecho, los $71.000 millones que ingresaron por derechos de exportación representan la parte de lo que entró por el rubro de impuesto a las Ganancias y un tercio de lo recaudado por el IVA.

Y en esos dos rubros la situación no luce tan promisoria. En cuanto al IVA, la decano variación es la que corresponde a la que se cobra a nivel aduanero -un aumento de 127% interanual-, que solamente puede sostenerse si el Gobierno no debe incurrir en una represión a las importaciones, una conducta que viene insinuando como forma de garantizarse un saldo de peso comercial que le deje 15.000 millones de dólares al Banco Central.

En cambio, cuando se analiza el IVA que cobra la DGI, es asegurar el que corresponde al comercio interno, la alivio es mucho más modesta: una suba de 7%, lo cual confirma lo que todos los comerciantes ya sabían: que a pesar del resurtida en la producción, todavía no se ha llegado a una situación que impacte en las ventas al notorio.

Además -esto no lo dice Guzmán pero sí los economistas- el alivio en Ganancias para los asalariados de más de $150.000 no será «fiscalmente neutro» como prometió el Gobierno. Y es un rubro que representa casi un 20% de la «torta» recaudatoria.

Se viene la pelea por la cobranza «sobrante»

Lo cierto es que el mensaje de Guzmán es deliberadamente ambiguo: por una parte, celebra el aumento en el ingreso de la AFIP como una prueba de que la situación está mejorando. Pero, por otra parte, advierte que todavía hay muchas fragilidades como para pensar en que se puede echar mano a esos bienes con finalidades políticas.

Pero del otro costado además hacen cuentas, y ven que todavía habrá marten para cierta posición cómoda en la caja fiscal, por ejemplo cuando inicio a notarse el impacto del nuevo aporte extraordinario de las Grandes Fortunas. Si todo sale de acuerdo al plan oficial, podrían ingresar unos $300.000 millones extra.

En los últimos días, economistas cercanos al kirchnerismo están argumentando que Guzmán debe beneficiarse los mayores ingresos que obtendrá el fisco -en el entorno de la recuperación económica- para implementar un masivo plan de colaboración a la población en situación de vulnerabilidad.

Por caso, Alfredo Zaiat, uno de los economistas que más influyen sobre Cristina Kirchner, dijo que la revisión al encarecimiento del PBI implicará que habrá un ingreso fiscal superior al previsto originalmente, y que esos pesos deben ser usados en programas sociales, sin caer en la tentación de reprogramar el pasivo fiscal a la quebranto.

Así, los mensajes sobre qué es lo que se puede hacer van y vienen. Guzmán aprovecha cada uno de estos comunicados -el de la situación fiscal, el de la cobranza de impuestos, el de las licitaciones para renovar la deuda del Tesoro- para cursar un mensaje a la interna del Gobierno: que las cosas van a seguir mejorando en la medida en que no aparezcan principios que alteren el plan.

La posibilidad de un mayor ingreso fiscal que el previsto está generando el debate interno sobre cómo manejar los recursos

La posibilidad de un decano ingreso fiscal que el previsto está generando el debate interno sobre cómo manejar los bienes

Esto es lo que llevó a dar mensajes claros en el sentido de que los programas asistencialistas como el IFE y el ATP no podrán retornar, aun cuando el flamante referencia sobre pobreza e indigencia siga mostrando un avería social preocupante.

Su coequiper del Banco Central, Miguel Pesce, lo puso en números: durante el 2020, el 64% de la colaboración del BCRA al Tesoro se explica por la pobreza de financiar los gastos generados por la pandemia. Hablando en plata, las deyección fiscales para financiar la colaboración llegaron a $1,13 billón.

Pero la transferencia que hizo Pesce a Guzmán fue decano aun que esa número: llegó a $2 billones. Según calculó el propio Pesce, el caudal circulante aumentó un 52% en términos nominales.

Pero es una situación que Guzmán ya advirtió que no quiere repetir. Una cosa era someterse de «la maquinita» en un año en el que la heredad estaba poco monetizada y adicionalmente la clan se guardaba los pesos en el faltriquera, y otra cosa es hacerlo hoy, cuando el peligro de que la emisión de traduzca en inflación es mucho decano.

De hecho, economistas afines al kirchnerismo admiten que no hay mucho beneficio para seguir presionando por ese costado: se estima que en una heredad bimonetaria como la argentina, el mayor de pesos que pueden circular sin que inicio a generarse tensiones financieras es un 30% de la heredad, y ya se está cerca de ese margen.

El mensaje del ministro es que, para no someterse de una decano exhalación, necesita que se cumplan dos condiciones: una es dar seguridad de que su meta fiscal será respetada; y la otra es sostener una paz cambiaria que le permita seguir «roleando» la deuda en pesos con financiación genuina del mercado.

Para que estos cometidos se cumplan, el Gobierno tiene que contener sus instintos de expansión del desembolso, que harían perder credibilidad al plan.

Las tarifas, un interruptor de muestra

Pero Guzmán no lo va a tener comprensible. Una prueba de ello es el debate sobre las tarifas. Mientras el ministro insiste en que el subsidio a los servicios públicos no puede exceder la número presupuestada de 1,7% del PBI -una forma indirecta de pedir que haya incrementos en torno del 30%, el kirchnerismo no está dispuesto a que se apruebe mínimo por encima del 7%.

Algunos argumentan con dureza en contra de la postura de Guzmán, como la diputada Fernanda Vallejos -una de las más cercanas a Cristina Kirchner-, quien en la audiencia pública por las tarifas dijo que quienes criticaban la política tarifaria de la dirección kirchnerista tenían una vistazo fiscalista según la cual los subsidios generaban inflación.

Apuntó que esa visión era «parte del ideario monetario neoliberal, compartida por la versión más edulcorada que expresan los neokeynesianos». Una referencia, esta última, que parecía describir al propio Guzmán.

Y argumentó que la prueba de que esa postura era errónea fue que, cuando la dirección macrista decretó los «tarifazos», ese fue uno de los factores que impulsaron la inflación.



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