Di Stéfano, el no de Valeriano y el pase frustrado que pudo haber cambiado la historia del fútbol


Alfredo Di Stéfano es un consagrado y es intocable en Madrid. Lo más parecido a Diego Maradona en Nápoles o a Lionel Messi​ en Barcelona. Ya está. Son historia y estatua. Vivos o muertos permanecerán allí en el pedestal invisible de todas las memorias de esas ciudades y de esos clubes que cobijaron tanta atractivo. Y de la masa, claro.

La estampa sucede en uno de los varios restoranes de la Zona Rosa de Bogotá. El fútbol está sentado a la mesa, hecho palabras. Habla nadie menos que Roberto Fontanarrosa, hombre de Rosario, de las palabras y del fútbol. La charla se audición incluso sin querer desde las mesas cercanas. Un hombre -de Cartagena, pero natural de la haber colombiana desde hace casi dos décadas- irrumpe respetuosamente y con chiste en la charla entre argentinos. Y luego dice: «Sepan que acá se jugo el mejor fútbol del mundo. Por acá pasó Di Stéfano con su Ballet Azul». El Ballet Azul, Millonarios.

Luego ofrece más detalles: cuenta que sucedió entre 1949 y 1953, que el fútbol era más que un deporte, que se trataba de una fiesta popular en cada partido. Los mejores partidos. Parece una cuento de una sombra de ron o una exageración de un buen tendero de agradables momentos. Pero no. Nada de eso. Es cierta esa divisa, la del llamado fútbol de El Dorado.

A ese tiempo sin olvido lo recordó el diario El Tiempo: «En Colombia se jugaba el mejor fútbol del mundo. De un día para otro, la liga nacional se llenó de nombres de ensueño». Argentina tuvo que ver con aquel frenesí de contrataciones: en 1948, Futbolistas Argentinos Agremiados se enfrentó al presidente de la Nación, Juan Domingo Perón, e inició una huelga que derivó en la salida de muchísimas figuras con destino a otros destinos, sobre todo con destino a esa Colombia con los brazos abiertos. El pionero fue Adolfo Pedernera, uno de los mejores futbolistas del mundo en los abriles 40. Estrella brillante de River, figura de la Selección argentina. Arribó a Millonarios procedente de Huracán. Y fue un furor. Enseguida se sumaron otras dos megafiguras: Néstor Rossi y un muchacho Alfredo Di Stéfano.

Justo antaño del inicio de esta era, el campeón de Colombia fue el Independiente Santa Fe de Bogotá A partir de entonces comenzó el imperio de Millonarios, el equipo de Alfredo. En simultáneo sucedían los asombros: para la temporada de 1950, Hernando Lara Hernández, uno de los fundadores del Cúcuta Deportivo, importó del Uruguay 12 jugadores para conformar el primer equipo profesional de la historia del club. El apodo resultó inexcusable: La Selección Uruguaya. Por allí pasaron, Luis Miloc (el primer ìdolo del club) y El Mariscal Juan Carlos Toja. El Independiente de Medellín, en tanto, llegó a promover su equipo sólo con futbolistas peruanos. Tenían un apodo poético: La Danza del Sol, por los brillos que brindaba ese engranaje. En cualquier caso quien más resplandecía sobre el césped era Alfredo.

Era el fútbol del realismo mágico. Incluso allí nació el vínculo de Gabriel García Márquez con el más popular de los deportes. Fue aquel día de junio de 1950 en el que se hizo hincha del Junior. Brotó como un apego a simple aspecto. Por primera vez, el escritor nacido en Aracataca concurrió a un estadio a ver un partido. A los 23 abriles, le tocaba cubrir el duelo entre el equipo de Barranquilla -desde entonces, su equipo- y Millonarios, por la Liga de Colombia. Y escribió sobre aquella sensación en el diario El Heraldo: «Como era un encuentro más sonado que todos los anteriores, tuve que irme temprano. Confieso que nunca en mi vida he llegado tan temprano a ninguna parte y que de ninguna tampoco he salido tan agotado. Alfonso y Germán no tomaron nunca la iniciativa de convertirme a esa religión dominical del fútbol, con todo y que ellos debieron sospechar que alguna vez me iba a convertir en ese energúmeno, limpio de cualquier barniz que pueda ser considerado como el último rastro de civilización, que fui ayer en las graderías del municipal».

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Aquel fue un día atípico: perdió Millonarios, esa constelación acostumbrada a vencer casi siempre. Pero lo que más le llamó la atención al muchacho escritor no fue la conquista por 2-1 frente al club de Bogotá sino la fascinación que generaba un crack impredecible: el brasileño Heleno de Freitas, quien arribó al Junior cercano a Elba de Padua Lima, el inolvidable Tim. Lo contó García Márquez en su crónica titulada El taco: «Por otra parte, si los jugadores del Junior no hubieran sido ciertamente jugadores sino escritores, me parece que el maestro Heleno habría sido un extraordinario autor de novelas policíacas. Su sentido del cálculo, sus reposados movimientos de investigador y finalmente sus desenlaces rápidos y sorpresivos le otorgan suficientes méritos para ser el creador de un nuevo detective para la novelística de policía». Heleno no podía recrearse en otro fútbol que no fuera aquel, repleto de magias, de leyendas, de figuras, de anécdotas que -hoy, a la distancia- parecen mentira.

Heleno -héroe trágico en el ámbito del fútbol- parecía un barrilete que sobrevolaba con nacionalidad todos los infiernos y todos los paraísos. Era desmesurado para recrearse y para poblar. En una sombra de casino, tras un partido inolvidable, podía perder el sueldo de varios meses o de toda la temporada. No es exageración. Sucedió así. Era todo el oro y todo el espinilla. Abogado, intelectual, políglota; pendenciero, alcohólico, intratable. El periodista y escritor Armando Nogueira lo describió con una confesión que retrata la dimensión de Heleno: «El fútbol, fuente de mis angustias y alegrías, me reveló a Heleno de Freitas, la personalidad más dramática que conocí en los estadios de este mundo». García Márquez percibió poco similar en su primera impresión. Así era el fútbol en los tiempos de El Dorado: un precioso desfile de personajes salidos de libros por escribir.

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Sucedían cosas que parecían y parecen explicación. En esos mismos días de principios de los abriles cincuenta, un tal Valeriano López – ídolo imborrable del fútbol peruano, autor de 211 tantos en 204 partidos- llegó expulsado de su país por escaparse de la concentración del seleccionado. Apareció en Deportivo Cali. Hizo goles de todo tipo, cabeceó como ningún otro. Generó adhesiones y admiraciones. Sirve aclararlo, lo que sigue es estrictamente cierto: el presidente del Real Madrid, Santiago Bernabéu, viajó personalmente para contratarlo. Lo abordó como le gustaba a Don Bernabéu, sin vueltas y sin intermediarios, cara a cara:

-Mire, quiero que juegue para el Real Madrid. Su cabezazo nos vendría muy proporcionadamente.

Y Valeriano tuvo una respuesta para el asombro: no aceptó la ofrecimiento oportuno a que no deseaba estar allá de su grupo:

-Le agradezco. Pero acá ya tengo todo…

Lo que sigue forma parte de un azar más rara aún: frente a la negativa de Valeriano, más tarde Bernabéu se decidiría por una inmejorable alternativa, Di Stéfano, quien ya se había destacado en Huracán y en River.

Otra divisa estaba por venir al mundo: el mejor Real Madrid de todos, el de Alfredo. Al mayor guía del Real Madrid lo buscaba el Barcelona. Tenía casi todo sensato. Pero el hombre que hoy es un estadio, ahí en la Avenida Concha Espina en la haber española, les ganó de mano a los catalanes. A su modo y modo: yendo a los lugares de los hechos. 

Una bandera argentina en la final del Maracaná, en 2014. Un herencia para siempre. (AP)

Una bandera argentina en la final del Maracaná, en 2014. Un herencia para siempre. (AP)

Valeriano -alguna vez futbolista de Huracán- tenía un raro berretín que exhibía sin inhibiciones: se armaba cigarrillos con los dólares que recibía en aquellos días del fútbol colombiano y los fumaba. Lo hacía delante de todos, dueño del mundo que a su aproximadamente se había construido. Muchos de esos billetes eran entregados por los hinchas caleños a modo de agradecimiento o para pedirle que se quedara en el club. El final de su vida, repleto de carencias, le cobraría muy cara la osadía y la ostentación. Su nombre todavía es un mito que habita la memoria de aquel fútbol.

Por entonces, Alfredo andaba ganando Copas de Europa -la flagrante Champions League- vestido de blanco y no de blaugrana. El museo del Real Madrid lo muestra en un puñado de escenas. Su divisa late. Aunque no esté…



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