EE.UU. o China: ¿quién liderará?


Por Damián Cichero

El Covid-19 no solo ha producido una crisis económica mundial sin precedentes, sino que todavía ha elevado aún más las tensiones entre EE. UU. y China. El pasado 7 de julio Donald Trump notificó a las Naciones Unidas que su país abandonará la Organización Mundial de la Salud en 2021, con el argumento de que China presionó a este organismo para que ocultara información sobre la pandemia. Un número no beocio es que Estados Unidos es el principal contribuidor de la OMS, ya que aportó US$ 400 millones en 2019, por lo que su salida pondrá en peligroso peligro la supervivencia financiera de la institución.

La gran asunto que se genera es quién guiará el sistema internacional en el futuro: mientras Trump es inculpado de oponerse al globalismo en almohadilla a su encabezamiento “América Primero”, las capacidades de China para remplazar como potencia hegemónica al país norteamericano son positivamente discutibles.

De acuerdo con la política internacional de Trump, si tenemos en cuenta los abandonos del Acuerdo de París sobre cambio climático, el pacto nuclear con Irán o la OMS, convenios que, según él, “abusaban” de su país económicamente sin obtener los resultados buscados, uno podría suponer que el presidente intenta alejar a EE.UU. de su histórico papel como líder del orden mundial. Sin incautación, intervenciones como las negociaciones con el líder de Corea del Norte en 2018 y 2019, las imponentes sanciones económicas a Irán y el ataque contra su militar Qasem Soleimani o el liderazgo de la coalición internacional contra el ISIS nos muestran lo contrario. EE.UU. mantiene su liderazgo internacional, pero ahora actúa unilateralmente, sin tener que admitir la aprobación de sus aliados o darles explicaciones.

Cuando en octubre de 2019 la tasa de desempleo llegaba a 3,5%, su emblema más víctima en los últimos 50 abriles, todo marchaba correctamente para el mandatario norteamericano. Pero, en 2020, EE.UU. se convirtió en el país con viejo cantidad de infectados y muertos en el mundo. El virus provocó la pérdida de más de 22 millones de puestos de trabajo, aumentando la tasa de desempleo a 14,7%, la emblema más suscripción desde la crisis de 1929. Aunque ahora su capital comienza a recuperarse en los últimos dos meses se crearon 7,5 millones de empleos, el FMI prevé una fruncimiento del 8%, que se suma a la enorme deuda pública de US$ 14 billones que el país arrastra.

Desde el punto de presencia crematístico, China tenía grandes problemas antiguamente de la pandemia: una enorme deuda pública destinada a ineficientes empresas estatales (su deuda total oscila entre el 250% y 300% de su PIB) y la constante devaluación de su moneda que provocó en 2015 y 2016 un pago de miles de millones de dólares para proseguir estable su capital mientras empresarios retiraban sus inversiones por temor a la crisis. Además, existe una burbuja inmobiliaria donde los precios de las viviendas se han duplicado en la última división conveniente a las constantes emigraciones de la población a la costa este y sur del país (donde se centra la actividad económica), lo que desató una musculoso presión demográfica en las grandes ciudades pese a su gran circunscripción (9 millones km2).

La más importante logística económica de China es su “Nueva Ruta de la Seda”, puyazo en 2013 por Xi Jinping. Para su realización, el país oriental entregó enormes préstamos a varios países para la construcción de diferentes obras de infraestructura en todos los continentes. La consultora RWR Advisory Group calcula que los montos invertidos llegan hasta los U$S 460.000 millones. Pero la contemporáneo pandemia significó un inesperado freno a esta iniciativa, por otra parte de un gran aventura, ya que muchos de los países deudores han pedido retrasar o refinanciar dichas deudas. Esto genera a China un gran dilema: reestructurar la deuda poniendo en peligro su capital o no ceder frente a las demandas, provocando el enojo de muchos de sus “aliados”.

Respecto al ámbito marcial, el 8 de julio autoridades chinas se expresaron respecto al atarazana nuclear estadounidense, “invitándolo” a reducirlo a los niveles que ellos poseen. Según el Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo (SIPRI), EE.UU. dispone aproximadamente de 7.000 ojivas nucleares contra las 320 de China. Y en cuanto a la cantidad de portaaviones, el país del Norte tiene 19 (21 próximamente), contra tan solo 2 de China (planean resistir a 8 en 2035). Además, el país norteamericano cuenta con un pago marcial anual de U$S 700.000 millones, una emblema que casi triplica los U$S 250.000 de China (segundo país en el ranking). Esto nos muestra que actualmente el poderío estadounidense es inalcanzable.

Podríamos aseverar que actualmente EE.UU. mantiene estable su liderazgo. Sin incautación, un número no beocio es que los líderes chinos, conveniente a su longeva historia y civilización, tienen una concepto de tiempo muy distinta a la occidental. Por lo que, probablemente, sus objetivos no están planteados a corto plazo, sino pensados en décadas. Sin incautación, su gran problema para convertirse en la máxima hegemonía será otro.

En los últimos 20 abriles, el crecimiento chino ha sido asombroso, pero para ello tuvo que adaptar su capital al “libre mercado”, uno de los pilares del reformismo. Esta ideología, que tiene principios como la franqueza de expresión, el derecho a la propiedad privada o el Estado de Derecho, se encuentra muy incorporada en la población de Europa y diferentes países de Asia y Oceanía como Japón, Corea del Sur, Nueva Zelanda y Australia. Si China quisiera liderar el mundo, primero debería adaptarse a las realidades que este plantea, ya que difícilmente admitan como líder a un país que se opone a sus principios básicos. Desde la caída del tapia de Berlín no ha surgido ningún sistema que desafíe al reformismo respecto a su capacidad de cumplir los dos requisitos que la existencia del hombre demanda: ser agradecido por sus logros individuales y obtener bienestar material.

El presidente chino Xi es la primera persona desde Mao Tse Tung en ostentar, al mismo tiempo, los cargos de jerarca de Estado, jerarca del Partido Comunista y jerarca de las Fuerzas Armadas. En su país, muchas libertades individuales, como el derecho a protestar o expresarse, casi no existen. Quizás el ejemplo más claro de esta situación sea lo recientemente sucedido en Hong Kong, antigua colonia británica que, en 1997, pasó a ser parte de China, pero con la aplicación de la política “un país, dos sistemas”, donde se le otorgaba una gran autonomía hasta el año 2047. Pese a esto, el 30 de junio, China aprobó la controvertida Ley de Seguridad, donde se atribuye nuevos poderes en Hong Kong para castigar cualquier hecho que perjudique su seguridad doméstico. Este amplio poder de interpretación prácticamente será el fin de la autonomía y franqueza de la región, lo que generó un repudio internacional a gran escalera. Trump catalogó este hecho como una tragedia para Hong Kong y dijo que ya no la consideran políticamente autónoma, por lo que dejarán de brindarle un trato singular por temer la filtración de información. Australia, Nueva Zelanda, Japón y la Unión Europea han mostrado todavía su descontento, amenazando con tomar represalias

El ámbito tecnológica, donde China lidera la carrera por el 5G, todavía puede servir de ejemplo. El pasado 24 de junio, el Secretario de Estado, Mike Pompeo, aseveró: “Los vientos han dejado de favorecer a Huawei ahora que los ciudadanos de todo el mundo comienzan a advertir el peligro que representa el estado de vigilancia del Partido Comunista Chino”. Esto se debe a que las leyes chinas exigen a empresas como Huawei, pionero en tecnología inalámbrica de finca procreación, que brinden apoyo a los servicios de inteligencia china. Por ejemplo, el Reino Unido y Francia planean restringir fuertemente el uso de la misma en sus territorios.

La intención de China no es clara respecto a su futuro papel en el sistema internacional. Todavía no ha podido aventajar a Estados Unidos, aunque no pareciese difícil que en unas décadas lo consiga. Sin incautación, como vimos, su viejo problema es ideológico y, aunque pueda liderar la capital del mundo, difícilmente obtenga el consenso que se requiere para ejemplarizar a la humanidad.

Por su parte, Argentina ha mostrado en los últimos meses un gran acercamiento con Pekín, poco que preocupa a Washington. El Gobierno mostró públicamente su apoyo a la OMS y China, lo cual no fue correctamente pasado por EE.UU.

Durante el mes de abril, China fue el socio comercial número uno de nuestro país con un 11,7% de las exportaciones totales y 14,1% de las importaciones, según la Cámara de Exportadores de la República Argentina (CERA). El país oriental fue el primero en salir de la cuarentena y hoy es el más activo en cuanto a comercio internacional. Teniendo en cuenta la crisis sanitaria de Brasil, nuestro histórico socio comercial, hay grandes posibilidades de que China lo desplace totalmente en 2020. Además, debemos mencionar que nuestros dirigentes se han mostrado muy optimistas en cuanto al incremento de la red 5G de Huawei en nuestro circunscripción.

Como en otros casos, aquí todavía debemos ser sumamente cuidadosos, ya que actualmente nuestro principal problema es el cuota de la deuda externa. No está claro si Trump permanecerá en la Casa Blanca luego de las elecciones de noviembre, pero el apoyo estadounidense será esencia a la hora de negociar con el FMI y los acreedores. La mejor opción, por el momento, es proseguir una neutralidad cordial con entreambos países pero, a futuro, todo parece indicar que la romana se inclinará en dirección a Oriente.

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