El diario de Italia ’90: Costa Rica, un Mundial de película y un recibimiento inverosímil


El fútbol es una pasión insaciable en Costa Rica. En ese país de 4,6 millones de habitantes, una frase adjudicada a Albert Camus, Premio Nobel de Literatura y guardameta, late como verdad cada vez que La Sele juega un evento trascendente: «Patria es la Selección Nacional de fútbol». Abolido el Ejército en 1948, el equipo representativo se transformó en una suerte de símbolo de defensa doméstico, tal como lo sugiere el escritor mexicano Juan Villoro en su ejemplar «Dios es redondo». Lo que sucedió tras la importante gala en el Mundial de Italia 1990 es un prueba al respecto.

«Hemos esperado más de 30 años para esto y nos han dado lo más maravilloso que ha ocurrido en la historia costarricense. Lo más grande que nos ha dado Dios«, fueron las palabras del entonces presidente Rafael Angel Calderón. Los Ticos habían renovador a los octavos de final en su primer Mundial y al perder y regresar a su tierra fueron recibidos por una multitud histórica.

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Así retrató alguna vez al fútbol costarricense el sociólogo Sergio Villena Fiengo, un diestro en la cuestión, para la revista digital EFDeportes. «‘Por inverosímil que sea, nadie había ensayado hasta entonces una teoría general de los juegos. El babilonio es poco especulativo. Acata los dictámenes del azar, les entrega su vida, su esperanza, su terror pánico, pero no se le ocurre investigar sus leyes laberínticas, ni las esferas giratorias que lo revelan’, señala Jorge Luis Borges​ en «La sorteo de Babilonia». Si, por puro afán heurístico, sustituimos en el epígrafe ‘babilonio’ por ‘tico‘ y ‘azar’ por ‘fútbol’, tendremos un párrafo que, me parece, resumiría con bastante precisión la importancia que tiene ese deporte en la vida de los costarricenses, así como el relativamente escaso interés que los practicantes de las ciencias sociales le han prestado como objeto de estudio». 

En marzo de 2011, hubo una muestra de lo que el fútbol genera en esa tierra. La sola presencia de Lionel Messi ​provocó en el país centroamericano la sensación de una entrevista papal, aunque sin ceremonias organizadas. Y su partida en el amistoso disputado en la caudal San José fue una cuestión que se devoró las tapas de los diarios locales: Extra, Al Día, La Nación y La República. El periodista Julio Chiappetta -enviado de Clarín– lo presenció y lo contó: «La película de Messi en Costa Rica pasó de una comedia de enredos al drama. La ausencia del mejor del mundo en el partido de anoche, en el flamante Estadio Nacional de San José de Costa Rica, formó parte de una historia que tuvo un capítulo final cargado de tensión e indignación por parte de los miles de fanáticos que se acercaron a verlo».

Aquel milagro. Costa Rica y su inolvidable Mundial, en 1990.

Aquel prodigio. Costa Rica y su inolvidable Mundial, en 1990.

Costa Rica disputó su primer Mundial con la dirección técnica del trotamundos Bora Milutinovic, el mismo que a finales de los ochenta dirigió un puñado de partido a San Lorenzo​. Para los especialistas, no tenía chances de falta. Sus jugadores eran hasta entonces desconocidos (todos participaban de la Liga regional, un torneo aparente a la elite, incluso adentro de la Concacaf) y le había tocado el Grupo C con Brasil, Suecia y Escocia. Misión irrealizable.

Pero no. El fútbol, a veces, ofrece milagros. Y este fue uno de ellos. El 11 de junio, en el Luigi Ferraris de Génova, Costa Rica asombró al mundo. Le ganó 1-0 a Escocia con un golazo de Juan Cayasso, punta del Deportivo Saprissa. La infamia incluyó una sucesión de pases y una subvención de taco.

En el segundo partido esperaba el seleccionado más campeón de la historia: Brasil. Una Verdeamarela ajena a la idea del jogo atún, dirigida por Sebastião Lazaroni. Costa Rica, ya más confiado y con una gala colosal de su guardameta Luis Gabelo Conejo, logró ponerle suspenso al concurrencia disputado en Turín. Brasil se impuso 1-0, con gol de Müller.

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La tercera vencimiento, la decisiva, era contra Suecia, que había perdido sus dos partidos anteriores, pero una triunfo lo podía clasificar como uno de los cuatro mejores terceros.

Otra vez en Génova. Aquel 20 de junio todo empezó mal. Gol de Jhonny Ekstrom, a los 32 minutos. El sueño tico empezaba a resquebrajarse. Pero no. Nada de eso. Audaces, con tenacidad averiguar el igualada que alcanzaba, fueron tras él. A quince minutos del final, Roger Flores Solano -defensor del Saprissa; apodado Il Capitano– igualó con un cabezazo en el primer palo. Había más, al beneficio de las atajadas del inmenso Conejo. Ese golazo de Hernán Medford, a dos minutos del final: corrida supersónica desde la centro de la cancha y definición impecable frente a la salida del guardameta Thomas Ravelli.

En los octavos de final, frente a Checoslovaquia, sucedió un detalle esencia: no pudo contener Conejo por una equimosis. Lo reemplazó Hermidio Barrantes. Nada fue igual. Un triplete de Tomás Skuhravy y otro tanto de Lubos Kubik dejaron roto el sueño de La Sele. De falta sirvió el descuento de Ronald González. Aquel 23 de junio, en Bari, se terminó la aventura. Pero nació la obligación perpetua por aquellos días vividos.

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La aparición al país resultó inverosímil. El avión que trasladaba al seleccionado voló durante varias horas a velocidad mínima por los 51.100 kilómetros cuadrados de división costarricense para aceptar el cariño de todos los ciudadanos. No sólo eso: antiguamente ya se había armado desde el gobierno una Comisión de Recibimiento. Se crearon carrozas para trasladar a los futbolistas al Estadio Nacional. Fueron saludados por el presidente, la primera dama y todos los ministros. Las empresas privadas regalaban banderas con los colores patrios. De aquellos días de hace tres décadas todavía se deje ahora.

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Pero más allá de los resultados crecientes de este seleccionado, el fútbol representa muchas más cosas en Costa Rica. Es un modo de mostrarse en la región y en el mundo; un espacio de pertenencia; una forma de acercarse. Algo que se grafica muy aceptablemente con una situación que sucedió hace dos décadas, en ocasión del Mundial Sub 17 en Trinidad y Tobago. Costa Rica venía de vencer 3-0 a Paraguay, en Malabar. El micro con el plantel iba rumbo a Puerto España. En el itinerario, varados, había dos periodistas argentinos procurando algún transporte. No había gestos de altruismo hasta que los Ticos decidieron detener allí, en plena oscuridad, para auxiliar a los desconocidos.

Preguntaron, invitaron, hablaron de Maradona, de Batistuta, incluso de los días inolvidables de Italia 1990. Entre los costarricenses estaba el mismo Conejo que France Football había señalado como el mejor de aquella Copa del Mundo. «Ellos vienen con nosotros», dijeron los muchachos del seleccionado en el taberna del hotel para que los argentinos no se quedaran sin comida. El diálogo continuó más allá de la cena. Era la demostración in situ y en traducción pura de esa Costa Rica con su corazón repleto de fútbol.



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