El diario de Italia ’90: Irlanda, esa aventura casi perfecta y con una fiesta inolvidable


Ninguno de los diarios de la República de Irlanda le dedicaba ni le dedica demasiado espacio al fútbol. The Irish Independent, The Irish Time o el Irish Daily Star priorizan otras actividades en sus secciones de Deportes: el hurling, emblema franquista, o el rugby, que suele guatar en cada test match el Aviva Stadium (el arcaico New Lansdowne Road Stadium, con su emblemática breve tribuna detrás de la cual todavía para el tren).

Pero hubo un hito en la historia del fútbol de este país. El Mundial de Italia, en 1990, superó todas las expectativas de popularidad. Fue como un contracción venerable. De repente, al deporte más popular del mundo pero no tan popular en Irlanda, hasta San Patricio -patrono irlandés- y quizá hasta James Joyce desde algún extensión de su apropiado refrigerio lo habrán seguido.

Fue una épica que culminó con fiestas populares por las calles de Dublin, de Cork, de Galway, de Limerick. Los jugadores, conducidos por el histórico preparador Jackie Charlton -campeón con Inglaterra en 1966, hermano de Bobby-, se pasearon en un descapotable por Dublin, la haber. Hasta Grafton Street, zona de traspaso de relojes y de joyas, se transformó en un carnaval vestido de verde, como la camiseta del seleccionado.

Irlanda venía de participar en la Eurocopa de 1988. Aquello fue una suerte de pago: se había mostrado como un equipo competitivo, a pesar de quedarse fuera en la primera ronda. Ya había mostrado allí, en Alemania, sus modos: equipo irritado, defensivo, potente en el muestrario ámbito, proclive a sacar preeminencia desde lo físico. Había conseguido en su estreno una resonante triunfo contra Inglaterra y estuvo a punto de calar a semifinales, pero un gol postrero en el choque contra los Países Bajos -luego campeón- determinó el 1-0 y la matanza.

En las Eliminatorias para el Mundial de Italia no le tocó un clase sencillo. De los cuatro rivales sólo Malta no tenía experiencia en Mundiales. España casi nunca descompostura en estas fases previas; Hungría -finalista del mundo en dos ocasiones- y participante en México 86. Más Irlanda del Norte, que venía de disputar las últimas dos ediciones de la máxima cita.

Pero Irlanda, a su modo y modo sorprendió. Finalizó segundo, a un punto de España, perdió un solo partido y casi nada recibió dos goles en ocho encuentros. Así accedió a su primer Mundial.

Pero faltaba lo mejor…

El sorteo se pareció a una condena: Inglaterra, los Países Bajos y el mejor de los africanos, Egipto.

El estreno, una motivación y una presunta condena: Inglaterra, ese rival al que los irlandeses siempre quieren vencer. Se juegue al deporte que sea. Sucedió el 11 de junio en Cagliari. Todo empezó mal: Gary Lineker -goleador del Mundial anterior- convirtió el primer tanto, con casi nada ocho minutos jugados. Pero Irlanda tenía otra particularidad en el ciclo Charlton: era pura tenacidad. En el segundo tiempo se animó y fue. Y con un tanto de Sheedy igualó cuando restaban 18 minutos para el final. Se festejó más que un título del Seis Naciones de rugby (en aquel tiempo Cinco Naciones). Ese gol ya es parte de la mitología del fútbol irlandés. 

El segundo partido, seis días más tarde, en Palermo, resultó un hastiado igualada sin goles frente a Egipto. Así, los cuatro equipos llegaron a la época decisiva con los mismos puntos.

En la tercera época esperaba otro demonio: los Países Bajos, con Gullit -autor del primer gol de aquel igualada 1-1- y con Marco Van Basten. Los mismos Naranjas que venían de ser campeones de la Eurocopa, dos primaveras antaño. Pero esa Irlanda no se daba por vencida quia. Niall Queen, entonces punta del Arsenal, marcó la igualdad en el segundo tiempo.

Así se clasificó Irlanda. Pero quedaba una duda. Como estaba igualada en todos los rubros con Países Bajos, tuvieron que ir a sorteo para determinar al segundo y al tercero. El azar favoreció a los de Charlton. Se evitaron a Alemania, luego campeón. Y tuvieron que indisponer a Rumania.

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Otro partido arduo. Otro 0-0 y a los penales. En Genoa, en el Luigi Ferraris, se impuso Irlanda. No erró ningún de los cinco que ejecutaron. Habían practicado en los días previos y en muchas otras ocasiones. Daniel Timofte no pudo con Pat Bonner y la definición culminó 5-4. En Irlanda ya nadie hablaba de otro deporte que no fuera el fútbol.

En cuartos de final llegó un desafío que lucía inverosímil: Italia, el tópico, el candidato al que nadie le había podido convertir goles. En un Olímpico de Roma repleto con cerca de 75.000 espectadores, Irlanda fue una resistor. La aparición de Totó Schillaci, a los 38 minutos, complicó todo. Pero ya sobre el final, a fuerza de centros y de entusiasmo, el debutante puso en silencio a un estadio. Italia terminó pidiendo la hora al árbitro portugués Carlos Silva Valente.

Hubo algunas lágrimas de los jugadores, de los irlandeses en las tribunas y en muchos rincones del país insular. Pero duraron poco. La aventura casi perfecta de los debutantes todavía sigue latiendo en la memoria de los que la vivieron. Y en esa fiesta que los recibió cuando llegaron al país y que aún se recuerda.



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