El diario de Italia ’90: la lengua de Diego Maradona, las manos de Goycochea y Bella Ciao


Bella Ciao. Diego Maradona lo hizo con las piernas y la dialecto, Sergio Goycochea con las manos. Aquella tenebrosidad del San Paolo la Selección Argentina sólo consiguió la clasificación a la final del Mundial 90​ pero el partido cotizó con suspensión valía emocional en la memoria futbolera que sobrevive tres décadas a posteriori. Pasó lo que no debería ocurrir ocurrido: vencer al específico, vencer a Italia.

Para tomar dimensión del 1-1 que obligó al alargue y luego al 4-3 de los penales, es necesario destacar que el Calcio de la época era lo que hoy significa la Premier League inglesa. En términos económicos, de audiencias (rating, en esa época) y de concentración de figuras. El torneo italiano era el más poderoso del mundo y resistir a sus clubes era la Meca para los futbolistas del entonces.

Dominaba el Milan presidido por Silvio Berlusconi, dirigido por Arrigo Sacchi y que contaba con los holandeses Gullit, Van Basten y Rijkaard y a los seleccionados Baresi, Maldini, Donadoni y Carlo Ancelotti. El Inter que conducía Trapattoni tenía a los alemanes Brehme, Matthäus y Klinsmann más los «azzurros» Zenga, Bergomi, Ferri, Berti y Serena.

Juventus​, en manos de Dino Zoff, daba el gran revés del mercado previo a la cita mundialista comprando a Roberto Baggio a la Fiorentina, cuyos hinchas, enojados por la ida del crack, casi incendian la sede del club. Roma tenía a Völler y al brasileño Aldair; Lazio al uruguayo Ruben Sosa y a Pedro Troglio; la Sampdoria insinuaba su primer título liguero con una pipiolo dupla de ataque aportó a la Selección: Mancini-Vialli. Claudio Caniggia estaba en Atalanta y dos abriles a posteriori pasaría a Roma y Abel Balbo estaba en Udinese.

Maradona, claro, era Dios en Napoli que por otra parte había reunido a los brasileños Alemao y Careca. Habían sido campeones en 1986-87 y lograron el bi en 1989-90. De ese modo, ese sur tantas veces olvidado, encontraba una reivindicación en el fútbol con un Diego indetenible en el campo e incontestable delante los micrófonos. Así era el mundo de la pelota en Italia cuando la pelota avanzaba a las instancias decisivas del Mundial

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Un dólar costaba 1.600 australes pero la pizza Margarita se cobraba en liras en la costa amalfitana. Por menos de 10 dólares había bacanales frente al Castel dell’Ovo. Nápoles era una fiesta para quienes seguían la excursión mundialista d e la Selección en el verano europeo mientras el frío apretaba válido en Argentina. Erman González cerca de malabares con la bienes en el gobierno de Carlos Menem y Diego provocaba una raja: reclamaba apoyo de los napolitanos para el partido con Italia y les recordaba que “el norte se acuerda ahora que Nápoles también es Italia”. Un aprieto a su feligresía que resolvió con una diplomacia extraña al espíritu específico y una bandera colgada en el San Paolo: “Diego, Napoli ti ama ma l’Italia e nostra patria”.

Cuando Goycochea le tapó el penal a Aldo Serena estalló el silencio. Era la tenebrosidad menos pensada, la menos posible. ¿Eliminar al dueño de casa? Mudo el San Paolo, los jugadores argentinos se hicieron piña en el campo como escolares celebrando el fin de clases. No tenían conciencia del mal que habían provocado. Habían destruido el gran final europea que esperaba la FIFA. Al día sucesivo, en Turín, Inglaterra y Alemania jugarían la otra semifinal. Si la Selección iba a ser campeón lo iba a ser a lo ínclito. Cómo lo intentaría, era otro problema porque la tenebrosidad de letrero en Nápoles había provocado cuatro bajas: Caniggia, Olarticoechea y Batista habían recibido la segunda amarilla; Giusti fue expulsado.

Sin retención, el equipo ya se había bañado en bronce. El que quisiera vencerlo debería dejar cepa. Ante Italia había jugado el mejor de los seis partidos disputados, con una entrega aún superior a los de los primeros encuentros y un planteo que anuló a los de Vicini. Simon expedito; Ruggeri y Serrizuela en zona sobre Vialli y Totó Schillaci, más Basualdo con De Agostini y Giusti sobre Giannini para cortar la engendramiento de maniobra. Caniggia insinuaba diagonales que molestaban a una defensa que no había recibido goles. Hasta que Zenga durmió en una salida acompañado del casi infalible Baresi y el rubio puso la capital al centro de Olarticoechea para igualar el gol de Totó Schillaci.

Después fue el turno de las manos de Goycochea. Y el paso a la final. Y a la letrero.

Mundial 90: Argentina-Italia



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