El diario de Italia ’90: la noche de las lágrimas eternas de Paul Gascoigne


Ya lloraba Paul Gascoigne en el estadio Delle Alpi de Turín mientras Inglaterra​ todavía estaba en carrera para durar a la final de un Mundial​ por primera vez desde 1966. Ya lloraba y aún no sabía que esa oscuridad del 4 de julio de 1990, esa oscuridad del más inolvidable de los veranos italianos, estaba viviendo su extremo partido en una Copa del Mundo. Ya lloraba y desconocía, con escasamente 23 primaveras, que en ese momento caminaba por la cima de una carrera llena de fútbol y altibajos, que se deshilachó entre los excesos y las polémicas.

«Tenía la pelota en el círculo central y me abrí camino hacia adelante. Entonces, mientras Matthäus intentaba quitármela, adelanté la pelota fuera de su alcance, pero me sobrepasó. Tuve que estirarme cuando Berthold se cruzó. Estaba dando el 110%. Era la semifinal del Mundial y no quería darles nada gratis. Hasta el día de hoy, honestamente, no creo que lo haya tocado. Pero se desplomó, rodando como en agonía. Me agaché para asegurarme de que estaba bien y en ese momento no pensé que estaba en problemas. Entonces todo se convirtió en cámara lenta».

Corría el minuto 8 del primer tiempo suplementario de la semifinal contra Alemania Federal y Gazza trasladaba la pelota por el mediocampo en una mano que no parecía tener destino de continuar en la historia. Pero quedó. La Etrusco se le fue un poco larga y Thomas Berthold, ese morocho de flequillo que jugó todo el Mundial de México 1986​ con un vendaje en la mano derecha, se interpuso en su camino. Torpe, como cuando quería disimular su anexión al trinque en presencia de el desafío de un preparador riguroso, el protagonista de la historia se tiró con las dos piernas para delante, pero casi que siguió de desprendido. Berthold se desplomó como si Lee Harvey Oswald estuviera en una de las plateas. El árbitro brasileño José Roberto Wright, sin balbucir, le mostró la maleable amarilla. Y Paul Gascoigne empezó a gimotear.

«De repente no puedo oír nada. El mundo se detuvo alrededor del tipo de negro. Mis ojos siguen su mano que va hasta el bolsillo y luego sale con la tarjeta. Ahí está, levantada sobre mi cabeza. Miré a la multitud, miré a Lineker​. Y no pude contenerme. En ese momento sólo quería que me dejaran en paz. No quería hablar con nadie ni ver a nadie. Mi labio inferior parecía la paleta de un helicóptero. Estaba devastado«.

A Gazza, ese contraria con muchas causas, se le morapio en seguida a la individuo el duelo de los octavos de final contra Bélgica, ese que se definió con la mediavuelta agónica de David Platt en el Renato Dall’Ara. Recordó esa infracción sin demasiado sentido contra Enzo Scifo a tres minutos del final del tiempo regular. Rememoró que el dinamarqués Mikkelsen ni se inmutó en presencia de sus reclamos cuando le juraba y le perjuraba que había sido su primer foul en la oscuridad de Bolonia.

Uno más uno da dos. Acá, en Inglaterra y en Italia. Una amarilla más otra amarilla significaba quedarse fuera de esa final donde ya esperaba la Argentina en muletas de Diego Maradona​.

La portada de "The Sun" con la impactante imagen de Gascoigne.

La portada de «The Sun» con la impactante imagen de Gascoigne.

Lineker, ese gran goleador que había metido más goles que cualquier otro cuatro primaveras antiguamente en México, se acercó al «19» para tantearlo. Inquieto, dio media envés, buscó a Bobby Robson con la ojeada y movió uno de sus índices de en lo alto en torno a debajo sobre su pómulo derecho. Le mandó un telegrama colacionado a su DT. Sabía que Gazza estaba roto. Sabía que Gazza necesitaría de sus palabras mágicas para retornar pronto al partido. La imagen quedó inmortalizada. Hasta se transformó en un gif que circula de vez en cuando de celular en celular.

«De todo lo que viví en mi carrera, el momento por el que la gente me pregunta más a menudo fue cuando Gazza fue amonestado en esa semifinal. Pude ver que su labio inferior se le estaba yendo. Creo que dice mucho de Bobby que fue a él a quien recurrí para pedirle que hablara. No sabía que el momento sería captado por la cámara».

Gascoigne, de quien se dijo que llegó a vivir en la calle, se baja de un taxi en 2016.

Gascoigne, de quien se dijo que llegó a radicar en la calle, se disminución de un taxi en 2016.

Gascoigne nunca más volvió al partido. Siguió en la cancha a pesar de que Robson, esperanzado en una reacción, se guardó un cambio. Pero se transformó en un aparecido. Ni siquiera participó de la definición por penales que llevó a la Alemania de Franz Beckenbauer ​a la final.

Gascoigne nunca más volvió a un Mundial. A Italia había llegado como atleta de Tottenham luego de sus inicios en Newcastle, el equipo que dejó en 1998 al tomar una propuesta impracticable de rebotar, a posteriori de que el club londinense le ofreciera, entre un montón de libras esterlinas, una casa para toda su tribu.

En Gateshead, muy cerca de Newcastle, en el noreste del Reino, había transitado una infancia demasiado agitada como para que no dejara secuelas: la homicidio de su mejor amigo, la sufrimiento de ocho meses de su padre tras un ACV que resultó mortal y algún que otro problema con la ley.

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En Tottenham mostró todo su talento y toda su sebo. Se ganó un ocupación en el seleccionado inglés y se transformó en la figura emergente del fútbol universal, que terminó ahogada en sus propias lágrimas luego de un inolvidable Mundial de Italia ’90. Todos recuerdan a Gazza.

Tan profunda fue su huella en la península que Lazio ​lo fichó para que fuera su atleta franquicia, pese a que meses antiguamente se había roto los ligamentos cruzados de la rodilla derecha por ir a fondo, como siempre en su vida, en la final de la FA Cup contra Nottingham Forest.

En Roma no le fue carencia admisiblemente -apenas sumó 43 partidos y seis goles en tres temporadas- y se mudó a Glasgow, donde encontró una segunda vida como emblema de los Rangers. Eso le valió recuperar un ocupación en la Selección inglesa. Tuvo una respetable Eurocopa en 1996 y todo indicaba que tendría su revancha en el Mundial de Francia 1998. Pero una semana antiguamente de que Glenn Hoddle seleccionara a los elegidos, los diarios sensacionalistas de Inglaterra lo sacaron de la relación: una foto que lo mostraba totalmente borracho y comiendo kebabs de amanecer lo marginó de la convocatoria.

Gascoigne, en 2019, tuvo que ir a declarar a los tribunales de Middlesbrough tras una acusación de abuso sexual en un tren. 
Foto: AP

Gascoigne, en 2019, tuvo que ir a fallar a los tribunales de Middlesbrough tras una inculpación de exceso sexual en un tren.
Foto: AP

A partir de entonces, el tobogán se transformó en un precipicio. Middlesbrough, Everton, Burnley, Gansu Tianma (China) y Boston United fueron sus clubes, hasta que el tumultuoso romance con la pelota se extinguió hace poco más de 15 primaveras. Ya quedaba poco de aquel pequeño que deseaba ponerse el mundo por delante. El trinque, las drogas, los excesos, la depresión, las internaciones, los intentos de suicidio, los problemas judiciales, recuperaciones y recaídas, documentales, las tapas de los diarios sensacionalistas otra vez. Y otra vez. Y otra vez.

Y ese lloriqueo de la oscuridad de Turín que se repite en loop. Y que obliga a pensar qué hubiera pasado si aquel 4 de julio de hace 30 primaveras la Etrusco no se le iba tan larga. Qué hubiera sucedido si no se cruzaba con Berthold y Wright nunca le sacaba esa maldita amarilla… Si carencia de eso hubiera ocurrido, Gazza nunca habría derramado esas lágrimas eternas que siguen dando que departir.

*Los testimonios de Paul Gascoigne y de Gary Lineker publicados en esta nota fueron extraídos de diario The Guardian.



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