El ejemplo de un hombre sensible


No esperaba a que ellos fueran a zurrar la puerta del convento. Él, viéndolos, se conmocionó como el Buen Samaritano y se dispuso a recuperarse heridas. La creatividad de un corazón inquieto e iluminado por el Espíritu Santo, le movió a fundar “el Hogar de Cristo” para todos ellos, los niños y jóvenes que están a la intemperie. Era el año 1944. En Santiago de Chile, San Alberto Hurtado no se quedó de brazos cruzados. En los pobres veía el rostro sufriente de Cristo.

Como suele suceder, las crisis económicas golpean a los más frágiles e indefensos.

El padre Hurtado tenía gran tiro entre los jóvenes y eran incontables los que buscaban su consejo. Lejos de ser él el centro, siempre los orientaba a existir según el Evangelio. También fue Asesor de la Acción Católica. Tenía experiencia en lo que cuesta sostener un esquema de vida, una disposición. Desde adolescente quiso entrar al Seminario, pero su tribu era escaso y necesitaba de su trabajo. Estudió leyes y ejerció siendo abogado de los pobres.

Una vez estabilizada la situación sencillo ingresó al Seminario de los Padres Jesuitas. Siempre mantuvo la candela encendida del apego a los pobres. En una oportunidad escribió: “Cristo vaga por nuestras calles en la persona de tantos pobres dolientes, enfermos, desalojados de su mísero conventillo. Cristo, acurrucado bajo los puentes en la persona de tantos niños. ¡Cristo no tiene hogar! ¿No queremos dárselo nosotros? ‘Lo que hagan al menor de los pequeños, a Mí lo hacen’, ha dicho Jesús”.

Sus palabras eran conmovedoras e inquietantes: “Este es mi último anhelo: que se haga una cruzada de amor y respeto al pobre, porque el pobre es Cristo, Cristo desnudo, Cristo con hambre, Cristo sucio, Cristo enfermo, Cristo abandonado. ¿Podemos quedarnos indiferentes? ¿Podemos quedarnos tranquilos?”.

Él nos enseña una consigna de los Hogares de Cristo entre nosotros, “recibir la vida como viene”, sin pretender emprolijar y menos maquillar antiguamente de servir a los muchachos y chicas que sufren. Este martes 18 celebramos la memoria de San Alberto Hurtado. Aprendamos de su ejemplo y palabras; pidamos por su intercesión tener entrañas de misericordia.

En este día, los niños.

Siempre me ha impresionado ver fotos de los juguetes en lugares en exterminio; rotos, sucios y solos. En la pobreza, sucede poco equiparable. El mundo vive en jugada por la emergencia sanitaria oportuno al Covid-19. Sin requisa, no debemos distraernos de las otras pandemias de la exterminio y el anhelo, que se están llevando incontables vidas.

En la exterminio los niños se asustan hasta que naturalizan lo anormal. La luz se corta varias veces al día, y especialmente durante la oscuridad. La oscuridad y su mudez son interrumpidas por detonaciones y gritos que cuesta ubicar en su distancia; ¿es en esta misma calle o a tres cuadras de aquí? ¿Será en la casa de algún irreflexivo amigo? Habrá que esperar hasta la mañana venidero para averiguarlo.

En la pobreza asimismo se corta la luz. Unos cuantos se duermen escuchando discusiones en casa o de los vecinos. La panza hace ruido si no hubo para cenar. Algunos estudios muestran que en la Argentina, nuestra Argentina, más del 60% de los menores de 18 primaveras estarán debajo de la linde de pobreza en poco tiempo. Necesitamos un sinnúmero de varones y mujeres a quienes les duela la vida como a San Alberto Hurtado.

En el día del irreflexivo de este año, en gran parte del país no habrá futuro festivas, ni paseos. Tampoco las fiestas populares. Las plazas estarán vacías y silenciosas. Los toboganes y las hamacas seguirán acumulando polvo sin el calor de sus huéspedes habituales.

A su vez, se percibe mucha creatividad para celebrar aun en esta situación. Recemos por los más pobres y abramos nuestros fanales y corazón.

*Arzobispo de San Juan de Cuyo y miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral Social



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