Escuchas entre Grondona y Tinelli: un lugar común en el universo del «todo pasa» de Don Julio


Los audios que formaban parte de la investigación del ex togado Norberto Oyarbide en los que Marcelo Tinelli y Julio Grondona negociaban designaciones de árbitros y horarios de los partidos no añaden carencia nuevo a lo que el medio ambiente del fútbol sabe desde tiempos inmemoriales. Escandaliza, claro, porque es la prueba irrefutable de que «pasan cosas» que no deberían suceder. Pero pasa. No solo es habitual, sino frecuente. No debería sorprender en una sociedad en la que los «operadores judiciales» suelen ser figuras esencia de la política. Consejos, pedidos, presiones, amenazas. Los pasillos de Tribunales están cargados de esas historia, ¿por qué la AFA estaría fuera de lo común?

No es bueno, desde ya. No restablecimiento ni a las instituciones ni a los hombres. Es un pésimo mensaje. Pero, ¿dónde empezamos a desarticular esas prácticas?, ¿quiénes?

En el fútbol- y quien quiera verlo como metáfora no estará muy desacertado- la supervivencia la garantiza mantenerse alerta, despierto. No ser «pasado» por el otro, sin importar quien sea. Esa máxima de que «el fútbol es para los vivos» igualmente se extiende a las oficinas y a los escritorios. Y entonces, el que se duerme, pierde.

Cuando los dirigentes tocan los timbres correctos de la AFA, la mayoría de las veces no piden que los favorezcan, sino que no los perjudiquen. Tanta es la desconfianza en ese mundo de tahúres. Y si ese es el mundo en el que se juega a la pelota, poca comprensión pueden pedirse a los aficionados que reciben la información tercerizada y sospechan de todo, todo el tiempo. Es más, corre por ahí, en las tribunas, la protesta a los dirigentes del propio club: «no tenemos peso en la AFA». Confesión de partes, casi una plegaria global a cualquier hincha.

Julio Grondona no inventó las peregrinaciones a la calle Viamonte pero en sus 37 primaveras al frente de la AFA utilizó la habilidad de queja-pedido de los dirigentes como una utensilio. Algo así como hoy te doy y mañana te libre y al que le quitó hoy, le daba mañana. La costumbre permanece inalterable hasta ser un modus operandi que a nadie le parece deshonesto o vergonzoso.

Cuanto más detención se llega a las geografías del poder, más sutiles son las armas a invertir para obtener los objetivos. No es lo mismo amedrentar a un árbitro cuando llega al estadio, que hacerle asimilar que no será bienvenido. No es lo mismo gritarle “cobrá una para nosotros” que “vas a ver a la salida”. Digamos que se prostitución de una forma “heavy” de no ser perjudicado, en principio y, si se puede, obtener algún dictamen inclinado. Lo saben todos y quien quiera usar el fútbol como metáfora, puede seguir haciéndolo. Vaya un peculiaridad para esos fines.

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Unos meses antaño del Mundial de Italia, quien suscribe había escrito un pequeño texto, más para contar el color (folclore) de ciertos tiempos que por disposición de denuncia. Ahí decía más o menos que había pasado mucho tiempo desde aquellas tardes en que Julio y su hermano Héctor pateaban la puerta del vestuario de los referís en la vieja canchita de Arsenal, que hasta donde había llegado Julio (a la FIFA misma) y que aquellas tardes del Ascenso sabatino eran misceláneas un fútbol casi romántico.

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En pleno mundial, en una de esas largas noches romanas en las que los periodistas esperábamos la salida de los diarios italianos y Vía Veneto se poblaba de “che”, Don Julio me acompañó en la prórroga yuxtapuesto a otro periodista, entrañable amigo. Hablábamos de pavadas, ni siquiera de la Selección, ni del Mundial. Hasta que don Julio bostezó y dijo “chau, me voy a dormir”. Hubo un saludo cordial, como el siempre. Y se quedó con la última palabra: “Cuando vengan los diarios fíjense si algún boludito escribe que esas boludeces de que yo pateaba la puerta de los referís”.

Me dijo boludo dos veces y se fue a amodorrarse.

Pasaron 30 primaveras.



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