Frescura, textura y sutileza, el registro de los nuevos vinos de alta gama


Bodega Terrazas de los Andes presenta, en este contexto de pandemia, tres nuevos vinos de la límite Grand. Precio y características

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La pandemia definitivamente cambió nuestros hábitos y nuestras rutinas. Y igualmente, la forma en que nos comunicamos. Así es como Zoom hoy es la plataforma que reemplaza a las reuniones con amigos o con familiares. Y igualmente, es la plataforma que sustituye a los restaurantes, donde las bodegas tradicionalmente solían presentar sus lanzamientos a la prensa.

Este fue, evidentemente, el canal de comunicación que eligió la bodega Terrazas de los Andes para presentar en sociedad su nueva límite de vinos «Grand«.

Desde Mendoza, el jefe de Enología, Marcos Fernández, y el enólogo Gonzalo Carrasco, dirigieron una cata online que pudieron seguir los periodistas desde sus hogares, en Buenos Aires (que previamente habían recibido los vinos en casa).

«Tenemos un equipo enológico muy lindo, grande. Y todos los temas los estamos abordando de esa manera, como equipo», señaló Fernández, la flamante incorporación de la bodega, si adecuadamente tiempo a espaldas había pasado por las filas del colección Moët Hennessy.

Respecto de los nuevos vinos, sostuvo que la límite Grand «es el resultado de un gran aprendizaje que se viene haciendo desde hace años y es también el resultado de la evolución de los viñedos que fueron logrando su mejor expresión en los diferentes terroirs donde tenemos fincas».

Cabe destacar que esta tribu de vinos fue concebida para proteger el posicionamiento de la marca en el segmento de suscripción tono (las tres etiquetas llegan al mercado con un precio sugerido de $1.200 en vinotecas) y igualmente viene a saldar una cuenta irresoluto que tenía Terrazas, hexaedro que hasta ahora no contaban con un blanco de estas cualidades y en este segmento.

Además, lo interesante de esta nueva tribu, conformada por un Chardonnay, un Malbec y un Cabernet Sauvignon, es que revaloriza el concepto «blend de terroir«, que hace más de una término quedó eclipsado por la fuerza que ganaron los single vineyards o, incluso, los vinos de parcela, es asegurar, aquellos elaborados sólo con uvas de una fracción mínima de un viñedo.

La vitivinicultura, en definitiva, a través de las décadas pasó de lo genérico a lo «micro». Por eso, revalorizar el potencial de los blends no solo de viñedos, sino ya de regiones, a partir de una visión enológica exaltado sensible, es un concepto para aplaudir y profundizar.

Un detalle para falta pequeño es que en torno a fines de los primaveras ’90, Terrazas de los Andes tenía una límite Grand (conformada en ese momento por un Malbec y un Cabernet Sauvignon). Luego, esa límite fue rebautizada como «Afincado»; después se reconvirtieron en los Single Vineyard (con foco en Las Compuertas) y ahora, estos nuevos Grand llegaron para reemplazarlos. Una suerte de dorso a los orígenes pero reversionada, con 20 primaveras de formación. 

 

¿Qué ofrecen?

Si hubiese que trazar un hilo conductor, un hacedor en popular que atraviese a estos vinos, todo podría sintetizarse en tres conceptos: textura, sutileza y frescura.

No son vinos grandilocuentes. No son vinos de suspensión impacto. Por el contrario, son vinos que hablan un jerigonza sutil, más minimalista y que reconfirma que la suscripción tono ya no es más, como sucede desde hace primaveras, concentración, madera e impacto aromático. Aquí los enólogos buscaron potenciar ese enunciado que dice «menos es más«. Pero, y aquí un punto importante, evitaron que esto se transforme en un armamento de doble filo. Muchas veces, ese minimalismo es riesgoso porque puede convertir a un morapio en una experiencia anodina, incluso peligrosamente intrascendente.

Aquí, por el contrario, el minimalismo es semejante de sutileza, hasta de sofisticación, diríamos.

Arranquemos por Terrazas de los Andes Grand Chardonnay 2018. Proviene 100% de Gualtallary, pero de dos fincas muy diferentes: el 80% es de Finca Caicayén, a unos 1.200 metros sobre el nivel del mar, y el 20% restante es de El Espinillo, a unos 1.630 metros de cúspide.

 

Ambos enólogos resaltaron el contenido de carbonato de calcio; la orientación de los viñedos (los de Finca Caicayén datan de fines de los ’90, lo que palabra de la visión que tenían los agrónomos en aquel entonces), que evita que el sol pegue de realizado sobre las plantas, y el clima fresco, especialmente en la finca El Espinillo.

Carrasco explicó que a este morapio «lo venimos trabajando hace varios años. Tuvimos que pensar y ponernos a ensayar un concepto diferente. Y el punto de partida fue la elección del terroir: son uvas con una fineza excepcional. El alma del vino es la acidez, de inicio a fin, está envuelta y equilibrada con el graso, con la redondez que le aportó el paso por madera».

Fernández, a su turno, igualmente resaltó el grasoso del morapio, adicionalmente de esa textura que ofrece entre la sinhueso y el paladar, «que habla del origen de los suelos, del contenido calcáreo; reforzado por el trabajo con las levaduras».

Vinos & Bodegas degustó este ejemplar y se encontró con un morapio solemne, que palabra de suscripción tono definitivamente, con aromas ensamblados que no permiten musitar tan sutilmente de frutas blancas o tropicales. Es una paleta profunda pero sin artificios, que palabra del buen repertorio entre la frescura, la sana masculinidad y el uso sensible de la madera. ¿Sofisticado tal vez? Seguramente. En boca, como destacó el equipo enológico, se destaca por esa energía ácida que lo atraviesa y lo extiende. Pero no descoloca nunca. Siempre mantiene la delicadeza, con una oleosidad tenue. Su virtud, como decíamos es que en suscripción tono menos puede ser más. A veces esa fórmula queda a medio camino, pero aquí funciona muy adecuadamente. Destacable su final fresco, hasta herbal. Incluso, algunos dirían «mineral» (lo dejamos para el debate).

Fernández destacó que, más allá de lo elegante que pueda ser, tiene el hándicap suficiente como para compartir unas mollejas al limonada.

Respecto de la variedad insignia argentina, la bodega presentó Terrazas de los Andes Grand Malbec 2017, con el que buscaron engrosar conceptos como frescura, complejidad y elegancia. Para ello, detallaron que se utilizaron uvas de tres fincas muy diferentes: un 25% de uvas de Las Compuertas, en Luján de Cuyo, que aporta la fruta roja, lo herbal y la elegancia, al tiempo que cosecharon ayer para evitar cualquier huella de sobremadurez; un 30% de Paraje Altamira, que suma textura y aromas florales; y un 45% de Los Chacayes, que imprime una fruta más negra, un tanino holgado y toques especiados.

 

«La suma de los factores aquí es mucho más que los factores en forma individual. Logramos algo complejo pero equilibrado», apuntó Carrasco, quien dijo que el objetivo de este y los otros vinos «es que de aquí a 15 años sigan siendo frescos y disfrutables».

Además, anotó un punto interesante: este Malbec tiene una complejidad no sobreactuada, y esto se traduce, según lo explicó, en un morapio «sin costuras, con una trama muy fina», que presenta todo el morapio en una sola estancia.

Vinos & Bodegas se encontró con un ejemplar en el que Chacayes se expresa definitivamente en la copa, con una fruta adecuadamente negra y un combo herbal y especiado en suscripción definición. Hay capas sutiles luego, que aportan poco de fruta roja y toques propios de la madera (tabaco y no mucho más). Hay sutileza, hay elegancia y esto anticipa lo que viene en boca: soberbia textura; un morapio táctil, con sustancia, para disfrutar su itinerario en el paladar. Lo interesante es que tiene peso y oleosidad, pero a primaveras luz de ser un morapio old school, orondo, sobremaduro y maderizado. Nuevamente: menos es más. El punto esencia de este morapio: su textura, que permanece, permanece y permanece.

Respecto de Terrazas Grand Cabernet Sauvignon 2017, Fernández detalló que igualmente fue el resultado del formación tras trabajar diferentes viñedos durante primaveras. Aquí incorporaron un viñedo de Perdriel, en Luján de Cuyo (gran región para esta variedad), con suelo adecuadamente pedregoso y un 40% de Paraje Altamira.

 

«Cada uno de estos pilares tiene una función definida: en Perdriel el Cabernet Sauvignon es maduro, denso pero no es tan aromático. En Altamira, en cambio, este vino se pone más ágil, más fresco. Aparece la fruta roja, con el costado especiado, mientras que en boca la concentración disminuye bastante», sostuvo Carrasco.

Entonces, «este vino fue pensado con esos dos componentes, para aportar fluidez», agregó. 

Al degustarlo, Vinos & Bodegas se encontró con un ejemplar en el que tenés que olvidarte de las pirazinas clásicas que suelen aparecer en los Cab poco verdes. Este ejemplar está en el mismo registro que el resto de la límite: hay vehemencia pero sutileza, las especias están pero son muy delicada, mientras que la madera está ensamblada con precisión. En boca muestra claramente esa delicadeza y agilidad de Altamira, con ese toque oleoso y más juicioso que aporta Perdriel. Funciona muy adecuadamente ese repertorio y el resultado es una impronta intensa y perdurable en el paladar. Pero, como se marcó al manifestación, no esperes fuegos artificiales, ni énfasis. En esta límite, menos es más.

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