Israel pone a prueba de nuevo la determinación del mundo con una posible anexión en Cisjordania –


Netanyahu iba a presentar su plan de anexión el 1 de julio, pero lo postergó para afinar detalles con EEUU.

Netanyahu iba a presentar su plan de anexin el 1 de julio, pero lo posterg para afinar detalles con EEUU.

Ante la posible anexión de parte de Cisjordania, un comarca palestino ocupado, la Unión Europea (UE) discute posibles sanciones, la ONU alertó sobre «consecuencias que durarán décadas» y Egipto y Jordania, sus socios árabes, advirtieron que esto podría cambiar su relación, pero en Israel una enseñanza de la historia fresco podría pesar más: la comunidad internacional ladra, pero no muerde.

El 1 de julio el mundo impasible esperaba que el flamante Gobierno de coalición de Israel, liderado por Benjamin Netanyahu, cumpla uno de sus acuerdos fundantes y presente delante el Parlamento su plan para anexar unilateralmente partes de Cisjordania, presumiblemente aquellas que contienen a las colonias más grandes y al fértil y decisivo Valle del Jordán, fronterizo con Jordania.

En medio de desacuerdos con el número dos del Gobierno, el ex cabecilla del ejército Benny Gantz, esto no sucedió y socios de Netanyahu hablaron de una postergación hasta afinar detalles con el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, quien incluyó estos planes en su llamado plan de paz en febrero.

Desde entonces, la comunidad internacional -potencias mundiales y regionales, Gobiernos de países vecinos, la ONU y organizaciones civiles- puso en marcha su maquinaria diplomática para frenar una nueva anexión israelí de comarca obtenido en la llamamiento Guerra de los Seis Días, en 1967.

Pero este ambiente no es nuevo para Israel.

La anexión de territorios palestinos no es un escenario nuevo para Israel.

La anexin de territorios palestinos no es un ambiente nuevo para Israel.

«No estaríamos hoy en 2020 discutiendo esto si no se hubiesen trazados líneas firmes en 1980 y 1981», opinó recientemente el relator exclusivo de la ONU para la situación de derechos humanos en los territorios palestinos ocupados, el canadiense Michael Lynk, en una entrevista con Al Jazeera.

«Israel aprendió una lección incuestionable sobre la impunidad: la comunidad internacional aprobará resoluciones contra la anexión, adoptará resoluciones con respecto a la ilegalidad de la construcción de los asentamientos y, sin embargo, no hará virtualmente nada a Israel.», agregó.

En 1980, con un tono menos confrontativo que no incluía la palabra anexión, el Parlamento israelí anexó Jerusalén este -otro de los tres territorios que la ONU reconoce como ocupado y potencialmente parte del futuro Estado palestino- y, un año posteriormente, hizo lo mismo con las Alturas del Golán, una meseta de valía marcial decisivo que había separado a Siria asimismo en 1967.

La comunidad internacional condenó y no reconoció las anexiones, pero ausencia cambió hasta el año pasado, cuando el Gobierno de Trump reconoció la soberanía israelí sobre uno y otro territorios.

Un diplomático que en esa época estaba destinado a la ONU recordó a que los países árabes y el entonces monolito socialista con la extinta Unión Soviética a la cabecera impulsaron una respuesta más dura, con sanciones contra Israel, pero ni Estados Unidos ni las potencias europeas ni países de último peso como los latinoamericanos apoyaron esa iniciativa.

El entonces Gobierno estadounidense de Jimmy Carter ni siquiera apoyó la resolución de condena del Consejo de Seguridad -se abstuvo- porque esperaba seguir avanzando con Israel en la mesa de negociación en Camp David, el proceso que había conseguido hacía tan pronto como dos abriles la paz entre Israel y Egipto.

Hoy, en cambio, Carter no duda que «la planeada anexión de Israel de hasta el 30% de Cisjordania violaría las leyes internacionales que prohíben la adquisición por la fuerza de territorio», según un comunicado publicado en las últimas semanas.

Al año sucesivo, en 1981, la reacción de Estados Unidos fue diferente no solo porque ya gobernaba Ronald Reagan, sino porque se trataba de la anexión de un comarca perteneciente a un Estado agradecido -Siria- y confederado de la Unión Soviética.

Esta vez, Estados Unidos sí votó a merced de la resolución de condena del Consejo de Seguridad y hasta se comprometió a discutir «medidas apropiadas» en el víscera de la ONU si Israel no daba marcha a espaldas.

Naciones Unidas nunca impuso ninguna «medida apropiada», pero el Gobierno de Reagan sí decretó sanciones unilaterales contra Israel como la suspensión temporal de un acuerdo de cooperación marcial y una importación del Departamento de Defensa por 200 millones de dólares, cuando Tel Aviv necesitaba divisas.

El Departamento de Estado justificó su malestar en un comunicado: «La acción israelí se tomó sin avisarnos o discutirlo antes con nosotros.»

Además de que la comunidad internacional ladra pero no muerde, esta parece ser otra catequesis que aprendió Israel de aquellos abriles.

A diferencia de 1981, cuando la anexión de las Alturas del Golán podía hacer temer un propósito dominó de las alianzas de la Guerra Fría, hoy Israel parece apostar en un tablero de potencias mundiales y regionales más oportuno.

Trump es un férreo aliado del gobierno de Netanyahu.

Trump es un frreo confederado del gobierno de Netanyahu.

Trump es un férreo confederado y ni las potencias europeas ni Rusia ni China se juegan un interés decisivo en Cisjordania.

Otro diplomático con vasta experiencia en la región explicó a que los países vecinos siquiera están interesados en cambiar el hacienda político que les queda en la causa palestina, más allá de una reacción declarativa.

Jordania y Egipto son férreos aliados de Estados Unidos, pero encima en los últimos abriles sus débiles economías estuvieron sostenidas en parte por los paquetes de ayuda financiera de las monarquías del Golfo, que en los últimos abriles tienen una buena relación no declarada e intereses alineados con Israel.

Irán, la única potencia regional que rivaliza con Israel, tiene el poder de profundizar la desestabilización de conflictos vecinos y hasta aumentar la concurrencia a grupos armados palestinos, pero no tiene las alianzas regionales ni el poder propio para sancionar o aislar a Israel.

Pero mientras el tablero político de los Gobiernos parece más oportuno a una anexión israelí hoy que hace 40 abriles, el contexto en las calles en la región -en gran parte por la desidia de legalidad de muchos de estos Gobiernos, entre ellos el propio palestino- es más inestable y, potencialmente, explosivo.



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