Los detalles del Borg vs McEnroe legendario que llegó a Hollywood y marcó una era


Hace tres primaveras, una película de Shaun Metz revivió con arte, solvencia y fidelidad lo que el duelo entre Bjorn Borg y John McEnroe representó para el tenis y el deporte mundial cuatro décadas antes. Y la finalísima de Wimbledon de 1980, trastada bajo un Paraíso que pasó de soleado a encapotado en aquel inolvidable sábado 5 de julio, quedó como uno de los más grandes partidos de la historia. Cuando Borg se arrodilló sobre el césped del Centre Court posteriormente de tres horas y 53 minutos de batalla, había consumado una correr que por entonces- se consideraba insuperable: cinco títulos consecutivos en La Catedral del Tenis. ¿Quién podría imaginar que vendrían los Sampras, Federer, Nadal o Djokovic para resistir este deporte a otros niveles increíbles?.

Wimbledon, por omisión de la pandemia, no puede disputarse en este 2020, pero adecuadamente vale el reminiscencia de sus héroes y de su maravillosa historia. Su mayor campeón se remontaba al siglo XIX, cuando un tal William Renshaw lo ganó siete veces entre 1881 y 1889. Claro que en esa época el triunfador pasaba directamente a la final del año posterior, así que sus exigencias no fueron tantas. La llamamiento “Challenge Round” se abolió en 1922 y desde entonces, persistir el título del torneo más importante del mundo era una verdadera correr.

Borg festeja luego de la victoria ante McEnroe para ganar su quinto Wimbledon consecutivo. (Foto: AP)

Borg festeja luego de la trofeo delante McEnroe para obtener su botellín Wimbledon consecutivo. (Foto: AP)

Al iniciarse la lapso del 80, el sueco Björn Rune Borg era el mejor tenista del mundo y el estadounidense John Patrick McEnroe, su principal desafiante, en progreso. El duelo tenía todos los condimentos: estilos y personalidades completamente opuestas. El ocio agresivo y la personalidad exaltada del neoyorquino frente al “hombre de hielo”, inmutable, paciente desde el fondo de cancha, tal era Borg.

McEnroe había irrumpido precisamente en Wimbledon del 77, entre su talento, sus gritos, sus escándalos y sus peleas con los jueces. Borg, a esa valor, era un consagrado. Su última derrota en el césped de Wimbledon sucedió en 1975 delante el campeón de ese año, Arthur Ashe. Hilvanó los títulos del 76 delante Nastase, 77 y 78 delante Connors y 79 delante Tanner. Y había pasado los mayores sobresaltos en primeras rondas frente a jugadores menos relevantes, pero igualmente peligrosos en esa superficie como el norteamericano Vic Amaya y el indio Vijay Amritraj. También la semi del 77 con su amigo Vitas Gerulaitis (“El León Lituano”) se recuerda como un partido fantástico, que Borg ganó recién por 8-6 en el botellín set… El Björn Borg que arribó a la final del 80, a pocos días de cumplir 24 primaveras y tras destruir a Brian Gottfried sin dificultades, estaba en la plenitud. En esa temporada había perdido tan solo uno de sus 40 partidos oficiales… con Guillermo Vilas en Düsseldorf (quien así pudo torcer una jugada de cinco primaveras sin vencer al sueco). McEnroe había escalado al segundo sitio de la clasificación mundial y derrotó a Connors, otro de sus archirrivales, en semifinales.

No quedó ni una sola plaza redimido entre las 14.433 disponibles para ese día histórico en Wimbledon, donde algún audaz que intentara conseguir poco en la reventa tendría que sufragar mil libras, y adecuadamente remotamente (mejor, no intentarlo).

McEnroe arrasó en el primer set, con su estilo habitual: saques variados, profundos y generalmente incontrolables, seguidos por su audacia para desplazarse alrededor de la red, donde se movía con una audacia y una agilidad intimidantes. Borg no entraba en ritmo. Recién pudo hacerlo al promediar el segundo set y quebró a McEnroe en el duodécimo game, emparejando el partido. Borg incluso se llevó el tercero y, a esa valor, tras dos horas de batalla, entreambos rendían al mayor. Pero el culminación sucedería en el cuarto:un real deleite para los espectadores y un nivel de expresión técnica como pocas veces se dio en el tenis.

“Es muy difícil decir si éste fue el mejor partido de la historia. Pero, seguro, fue uno de los más excitantes”, definió el periodista inglés Lance Tingay en el boletín oficial. Y el tie-break de aquel cuarto set permanece, indudablemente, como el más magnate de todos los tiempos. Fueron 20 minutos de continuas emociones, en los cuales Borg dispuso de siete match-points pero no pudo definirlo, frente a un McEnroe que arriesgó en cada pelota y salió delante. Tuvo su premio al obtener 18-16 y quedarse con el cuarto set, forzando a la definición en el botellín. Solamente se había jugado un tie-break más extenso en Wimbledon, siete primaveras antiguamente entre un indio llamado Premjit Lall y un jovencito sueco llamado Björn Borg, que le ganó 20-18…

El mismo Borg que siguió batallando por la edén en el botellín set contra McEnroe, le pudo torcer nuevamente para el 8-6 y para usar el título: 1-6, 7-5, 6-3, 6-7 y 8-6. “Wimbledon 80 vivirá en la memoria como uno de los más grandes juegos de la historia”, indicaba «The Times» en su primera página del domingo. La divisa incluso cita que Borg y McEnroe se encontraron horas más tarde en el Aeropuerto de Heathrow y compartieron amablemente sus comentarios…

La revancha para Supermac llegaría pronto. Le ganó a Borg la final del Abierto de Estados Unidos, en Flushing Meadow, reteniendo así su título del 79 e impidiendo que el sueco lograra el gran torneo que se le negó siempre. Y en 1981, el alteración fue tajante: McEnroe alzó la primera de sus tres coronas de Wimbledon y le cortó, en la final, una jugada de 41 victorias seguidas a Borg sobre esa cancha. El sueco, que incluso había yeguada en seis oportunidades Roland Garros (donde era el amo casi tajante), sintió que se acercaba el final de su carrera… Tenía solo 26 primaveras, se tomó un refrigerio de seis meses, casi nada volvió a esparcirse. McEnroe disfrutó por varias temporadas su condición de número 1, hasta que otra engendramiento lo relevó.

Ambos lo habían legado todo. Wimbledon 80 permanece como un símbolo de la belleza del deporte, de la astucia natural de sus grandes protagonistas y su despliegue físico. Pero, fundamentalmente, de su entrega, su energía y su espectáculo. Las mismas tribunas de Wimbledon que hostigaban a McEnroe por su “mal genio” se rindieron aquella tarde: la ovación fue tan magnate como la que le tributaron a Borg, el ídolo. Todos se sintieron partícipes de un momento histórico. Hoy es divisa.



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