Matías Battistón: «En el Río de la Plata la lengua de Beckett es extranjera de una manera local» –


La trilogía de Samuel Beckett es una de las obras literarias más importantes del siglo XX: las novelas que la componen -«Molloy», «Malone muere» y «El innombrable»- acaban de ser actualizadas en la Argentina con una nueva traducción que sigue poniendo en vigencia y valencia este clásico de las saber de todos los tiempos.

Cuando el sello argentino Ediciones Godot consiguió los difíciles derechos que desde hace décadas tenía la editorial española Alianza, le propusieron al escritor y traductor Matías Battistón (Buenos Aires, 1986) hacer una nueva lectura de las tres novelas para una estampación que tuviera un enfoque poco más amplio y que incorporara diversos medios que salieron a la luz desde las traducciones anteriores.

La trilogía es el inicio de la etapa en la que Beckett, nacido en Dublín (1906), deja de escribir en inglés y aborda el francés como jerigonza literaria para profundizar la inspección trágica del mundo luego de la Segunda Guerra Mundial. Los tres textos describen este mundo contemporáneo a través de imágenes grotescas que dan fuerza al patetismo y a la desolación en la que vive el hombre. En esta dinastía, para el novelista irlandés ni la crimen constituye una respuesta al mundo sin sentido de la trastorno, la soledad y el anonimato en la que sobreviven sus personajes.

Es la primera vez que toda la trilogía es traducida por una sola persona al castellano, cuando antaño siempre se la desmembró entre varios traductores que trabajaron con criterios distintos. Por ese trabajo, Battistón obtuvo una insignia de traducción en Irlanda que organiza el Trinity Centre for Literary Translation.

Además de traducir a Beckett, incluso lo hizo con autores como Édouard Levé, W. B. Yeats, John Cage, Fernando Pessoa y John Waters

En 2016, Battistón fue designado traductor en residencia en Trinity College Dublin, y ha recibido becas del Programa Looren América Latina y la Fundación Jan Michalski en Suiza, de la ALCA en Francia, y del Fondo Nacional de las Artes.

– : ¿Cómo pensás que se actualiza la trilogía y la figura de Samuel Beckett en el siglo XXI?
– Matías Battistón: La trilogía es sobre la desintegración, el insensatez y la resistor, que vendrían a ser, me parece, tres ejes de nuestra vida diaria, hoy por hoy. Son, encima, tres obras con referentes muy difusos, que saben acomodarse o incomodar a lectores sin importar desde dónde se las lea. Pero antaño que nulo son pruebas de todo lo que puede hacerse, y lo que queda por hacer, con la jerigonza, o con el fracaso de la jerigonza, ¿no?

Beckett tiene un negativismo que entusiasma y que, quizás a pesar suyo, termina siendo celebratorio, a diferencia de cierto optimismo o triunfalismo que circuló en primaveras posteriores y que termina teniendo un sensación, me parece a mí, más perfectamente fúnebre. Estas tres novelas siguen causando tanta inquietud y tanta indulgencia como en el momento de su primera publicación.

– T.: ¿Cuáles son los aportes que la jerigonza rioplatense le da a una traducción del francés y de Beckett en particular?

– MB: La de Beckett es una jerigonza descentrada, exiliada, que en cierto sentido averiguación destruirse. No me parecen rasgos atípicos del Río de la Plata. Por otro flanco, creo que para lectores de América no está mal que circule una lectura que está más cerca de nuestros giros, que permita que las partes más naturales o incluso confianzudas de la prosa de la trilogía tengan cierta espontaneidad y, por contraste, que las partes más enrarecidas o más extrañas cobren relieve, y no que quede todo un poco achatado, para nuestros oídos, por la anomalía pareja que muchas veces sentimos al descubrir poco desperdicios al gachupin de España. En fin, creo que una lectura nuestra le permite a la jerigonza de Beckett ser extranjera de una forma recinto.

– T.: ¿Qué es lo que sentís que se pierde en una traducción? ¿Cuál es tu experiencia en este aspecto?

– M.B: Creo que depende. En un nivel muy militar, por supuesto, está la pérdida de la inmediatez: toda traducción, por razonamiento, está mediada, mete en el medio a otra persona, que es la que traduce, y eso puede admitir a cierto miedo. A que se la lea de antemano desde la sospecha, digamos. En esos casos lo que suena demasiado raro, o incluso lo que suena demasiado cercano o recinto, se termina viendo como supuesta prueba de la influencia indebida del traductor. Pero quizá sea mejor concentrarse en lo que se apetencia en traducción. De hecho, hasta la sospecha puede sumar a la leída, ¿no? La intriga de memorizar dónde termina el diferente y dónde empieza la traducción.

– T.: ¿Cómo trabajás el cambio de civilización y de época en una traducción?

-M B: La época y la civilización atraviesan prácticamente todos los aspectos no solo de una obra, sino incluso de cómo se lee y se entiende esa obra, y lo mismo pasa con las traducciones en sí: dependiendo del momento y del empleo, por “traducción” pueden entenderse muchísimas cosas distintas. Qué significa traducir la “Divina Comedia”, por ejemplo, no va a ser lo mismo si hablamos de Bartolomé Mitre que de Jorge Aulicino, a pesar de no ser, interiormente de todo, dos traductores tan alejados.

En el caso puntual de la trilogía, Beckett trabaja relativamente poco con su ahora inmediata en términos de referencias concretas a lugares, personas o hechos históricos (al menos en un nivel superficial, aunque sí hay varios guiños en los tres libros), pero mucho con el deje del momento, con los giros que circulan cuando escribe. De hecho, el uso del francés común en estas tres novelas marca un quiebre con la representación que tenía la oralidad en la letras francesa, que tiraba más perfectamente al realismo documental o al registro paródico, humorístico. En Beckett los registros por momentos enloquecen, directamente. Todo eso traté de llevarlo a nuestro idioma, a las propias tensiones que recorren el castellano.

– T: ¿Pensás que las traducciones de los clásicos envejecen, por el contrario de la condición diferente del clásico?

M.B: No creo que toda traducción necesariamente envejezca, ni que sea necesariamente malo que envejezcan las que envejecen. Sería como una gerontofobia textual, ¿no? Pero sí es cierto que en muchos casos se dan suficientes motivos como para argumentar una nueva traducción. Es más, en teoría creo que toda traducción nueva es explicable, siempre y cuando, imparcialmente, haga poco nuevo. Y los clásicos son obras que no se agotan, que pueden abordarse desde cantidades de ángulos distintos, que en presencia de cualquier excusa vuelven a circular con fuerza. Y una traducción siempre es una buena excusa.

– T.:¿Cómo fue tu experiencia en el Trinity Centre for Literary Translation?

– M. B.: Pasé cuatro meses en Dublín, consultando el archivo de manuscritos digitalizados de la trilogía, descubriendo a otros autores y charlando con beckettianos acérrimos, mientras traducía incluso otro librito irlandés que me parece ingenioso, un diario que James Stephens llevó durante el alzamiento de Pascua en 1916. Después hice otras residencias en Suiza, donde seguí trabajando en el esquema. Y por extremo recibí una insignia del Fondo Nacional de las Artes para escribir un ejemplar sobre traducción, muy conexo a mi experiencia con Beckett, ejemplar en el que estoy trabajando ahora. La traducción literaria suele ser parca en recompensas, pero cada tanto se distrae.



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