Romualdo Arppi Filho, el brasileño que vio más de cerca la consagración de Diego Maradona en México ’86


Fanático del fútbol desde siempre, ya de pequeño a Romualdo le había llamado la atención la costura de los árbitros. Así, encima de arriesgar, comenzó a dirigir en los campeonatos del ensanche y en certámenes amateurs en Santos, hasta que una situación fortuita lo puso en un torneo de maduro relevancia: una final alegre entre el Santos y el Jabaquara para la que el árbitro designado nunca apareció. “Yo conozco uno”, dijo alguno en la cancha. Y lo fueron a despabilarse. Romualdo tenía escasamente 17 primaveras. Con el partido 1-0 para Jabaquara, cobró un penal para Santos. El portero Fininho se lo atajó a un pibe de 16 del que ya se hablaban maravillas y había entrado en el segundo tiempo: un mozo al que llamaban Pelé. Así comenzó la carrera del brasileño que vio más de cerca la consagración eterna de Diego Maradona y la Selección argentina en el Mundial de México 1986: Romualdo Arppi Filho, el árbitro de la final contra Alemania

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“150 dólares por día”. Apenas un viático. Eso recuerda deber cobrado durante su estancia en México. Fueron, al extremidad, 40 largos días hasta el duelo del que se cumplen este lunes 34 primaveras.

“Yo lo miraba de reojo, porque sabía que mucho no faltaba, que no faltaba nada… Lo miraba de reojo al referí brasileño, Arppi Filho, chiquitito así, y cuando levantó los brazos y pegó el pitazo, ¡me volví loco!”. En su confesiones “Yo soy el Diego”, el mítico «10» argentino relata esos últimos segundos y pone en el centro de la ámbito al hombre que estaba encargado de determinar cuándo Argentina se consagraría campeón.

Romualdo Arppi Filho pita el final. Argentina vence a Alemania y es campeón del mundo. Diego Maradona explota de alegría.

Romualdo Arppi Filho pita el final. Argentina vence a Alemania y es campeón del mundo. Diego Maradona explota de alegría.

Pese a los primaveras y al tiempo transcurrido, Romualdo mantiene intactos ciertos saludos. “A los 17 minutos, hubo una falta que el zaguero Brown cometió a la izquierda del área. Alemania ejecutó, Maradona salió de la barrera y yo pité. Suerte que la pelota no entró ni nada. Y ahí le saqué tarjeta”, rememoró hace poco.

Esa imagen, extendiendo su articulación al bóveda celeste para mostrarle el cartón amarillo al «10» argentino, fue la que Arppi se llevó con él para siempre.

Y no es una figura literaria: efectivamente, cuando el brasileño se subió al avión que lo trasladaría de regreso a su país luego del Mundial, se llevó un cuadro hecho con esa foto. Aunque hace tiempo no sabe dónde quedó. Pasó mucha agua bajo el puente; más para él, que hoy tiene 81 primaveras.

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Romualdo había dirigido a la Selección en el partido de primera grado contra Bulgaria. No tenía demasiadas esperanzas antiguamente de la final porque ya venía de por sí poco frustrado tras no arbitrar ni octavos ni cuartos ni semifinales. Además, un compatriota suyo -Arnaldo Cézar Coelho- se había encargado de los silbatazos cuatro primaveras antiguamente, en el Italia-Alemania que definió el Mundial de España ’82.

“La noche que Argentina le ganó a Inglaterra comunicaron los árbitros de la semifinal: fulano y fulano. Yo no pensaba que iba a arbitrar la final, porque nunca había pasado que se repitiera la nacionalidad en dos seguidas. Fue una sorpresa. Todos me abrazaban, especialmente los sudamericanos”, recordó.

Claro que a los argentinos no les cayó demasiado perfectamente que un brasileño fuera favorito. Sin secuestro, su comportamiento fue reconocida por todo el medio ambiente. Joao Havelange, entonces presidente de la FIFA​, le mandó una carta para decirle que su rendimiento había tenido “una de las mejores notas que se hayan dado” y la entidad origen del fútbol mundial usó la chiquillada del tercer gol albiceleste como ejemplo de cómo debía aplicarse la ley de preeminencia.Su único error fue no cobrar un penal sobre el final del partido del portero Schumacher sobre Diego. “Se tragó el silbato”, fue la frase maradoneana para ilustrarlo.

Arppi Filho dirigió hasta 1990 y fue partícipe de otros grandes momentos para el fútbol argentino, algunos de ellos con grandes polémicas en el medio.

Arbitró el segundo partido de la final de la Copa Libertadores 1973, la revancha en Chile entre Colo Colo e Independiente, y anuló un gol válido de Carlos Caszely que hubiera puesto en preeminencia a los trasandinos. El partido salió 0-0, hubo tercer duelo en Montevideo y los de Avellaneda se quedaron con el título. Hasta hoy lo señalan del otro costado de la Cordillera como un “ladrón”, pese a que jugadores de Colo Colo reconocieron que le pidieron a su presidente que sobornara a Filho.

Arppi Filho hace caso omiso a los reclamos de los jugadores de Colo Colo.

Arppi Filho hace caso omiso a los reclamos de los jugadores de Colo Colo.

“No hay cosa más grande que la final de un Mundial, pero no se compara con la dificultad de arbitrar un partido de Libertadores”, reconoció alguna vez.

Para el Rojo fue casi un talismán: igualmente estuvo presente en Tokio, en la Intercontinental 1984 que Ricardo Bochini y compañía le ganaron 1-0 a Liverpool con un gol de Percudani.

Pero incluso estuvo vinculado a un retentiva positivo para la otra medio de Avellaneda: impartió razón en la final de la Supercopa Interamericana que Racing le ganó a Heridiano de Costa Rica, título por el que aún hoy el club argentino le reclama a Conmebol para contabilizarlo como oficial.

El penal que Arppi Filho ignoró en la final del Mundial ’86.

El penal que Arppi Filho ignoró en la final del Mundial ’86.

A la Selección, en tanto, no sólo la dirigió en aquella final en presencia de Alemania. Ese fue el vallado de un círculo que había comenzado precisamente con el partido que clasificó a Argentina al Mundial de México, un 2-2 con Perú en el Monumental, en el mostró rigurosidad para impedirle al peruano Luis Reyna profesar una marca tan agresiva como la que había hecho en Lima sobre Maradona. Pero no la misma para castigar una enorme patada de Julián Camino a Franco Navarro, digna de poco menos que algunos primaveras de calabozo.

El año pasado Pelé saludó a Arppi públicamente para su cumpleaños. “Mucha gente pensaba que le tenía bronca, pero fue uno de los mejores árbitros que vi. Discutíamos porque era muy enérgico, pero la verdad que también me protegía al ser rígido y gracias a él no me pegaban tantas patadas”, reconoció O Rey.

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Al fin y al extremidad, son múltiples los gratos saludos albicelestes hermanados con Ganso, apodo que no está claro si surgió en la mocedad del árbitro, si se debió a su velocidad y destreza física o si tenía que ver con que les pedía a los jugadores que se comportaran y pusieran “cara de ganso”.

Hoy, a los 81 primaveras, el ex árbitro, siempre hincha del Portuguesa Santista, se cuida del coronavirus ​resguardado en su casa de San Vicente. Tiene tres hijos (dos varones y una mujer) y tres nietos y no mira demasiado fútbol, especialmente desde la implementación del VAR.

Arppi Filho, con la pelota en el saludo entre Diego Maradona y Karl-Heinz Rummenigge.

Arppi Filho, con la pelota en el saludo entre Diego Maradona y Karl-Heinz Rummenigge.

Va contra la esencia del árbitro -aseguró-. Así (algún día) no vamos a tener más árbitro. Que pongan a uno que marque las faltas y se escuche por altoparlante y listo. Paran cuando tienen dudas, paran todo el tiempo. El árbitro debe decidir si hay penal o no. Si la falta es más o menos dura, el que lo sabe es el árbitro”.

Incluso rechazó invitaciones a comentar arbitrajes en transmisiones televisivas porque lo iban a tener en un estudio. “Nadie puede criticar el arbitraje si no está en la cancha”, afirmó Arppi, de profesión corredor inmobiliario, sin dudar.

Inflexible como en la cancha, tiene hasta el hoy una definición de travesaño sobre el arbitraje: “Si un árbitro no se fue en patrullero alguna vez, no fue árbitro”.

HS



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